ASCANIO CAVALLO

A un año de su despedida del gobierno, al conglomerado le ocurre todo lo que pasa cuando se está fuera del poder. "El poder desgasta, pero más desgasta no tenerlo", decía Andreotti. La ausencia de un análisis crítico sobre la derrota es apenas un síntoma de un deterioro mayor.

De acuerdo con la encuesta Adimark conocida esta semana, Chile se ha convertido en un país con opositores, pero sin oposición. Las personas que se declaran opositoras al gobierno de Sebastián Piñera superan por primera vez el 40%, pero el bloque que debería representarlas, la Concertación, no sobrepasa el 27%.

OK, hay que tener cuidado con las encuestas. En la de enero del 2010, cuando perdió la elección presidencial, la Concertación apenas recogía una adhesión de 30%. La Alianza tampoco obtiene cifras muy superiores, por lo que cabe presumir que los conglomerados viven una desafección similar a la de los partidos. La política chilena parece haberse "liderizado" sin retorno. Las personas tienen más adhesión que los grupos.

El caso es que la Alianza está en el gobierno y la Concertación, fuera. La coalición de centroizquierda está sufriendo ahora las desventajas que vivieron sus adversarios durante 20 años: menos exposición pública, menos credibilidad, más dificultades para levantar liderazgos, imagen de obstruccionismo, pérdida de banderas de lucha, incluso de capacidad técnica.

Aunque en política siempre se puede ir más abajo, la Concertación parece haber tocado fondo el pasado 27 de febrero, cuando se mostró incapaz de contrarrestar los datos del gobierno respecto del estado de la reconstrucción. Esto no quiere decir que no dispone de los recursos para hacerlo, como dicen en privado algunos de sus dirigentes, sino que durante el año que transcurrió no hizo la tarea de seguir el proceso, a pesar de que este sería el tema más importante de la primera mitad del gobierno de Piñera.

Esta semana los presidentes de los cuatro partidos fueron a plantear sus reparos al ministro del Interior, Rodrigo Hinzpeter. Iban premunidos de un informe de la Asociación de Municipalidades. El ministro pudo darse un festín con semejante agenda y en cierto modo lo hizo. Pero no llegó a la descortesía de rechazarles un informe hecho por otros, que el gobierno ya conocía y sabía cómo contradecir. Peor aun, unas semanas antes los parlamentarios de la Concertación que participaron en la comisión investigadora sobre el terremoto ni siquiera fueron capaces de producir un informe serio y enérgico sobre lo que pasó ese día.

Restarse de los actos de conmemoración que organizó el gobierno para del 27 de febrero podía ser una buena idea, a condición de tener alternativas (¿olvidaron los años de Pinochet?) y datos que las respaldaran. En lugar de eso, los principales dirigentes concurrieron a actos de los damnificados... y fueron rechazados. En Dichato, una vecina hizo la síntesis perfecta: "No vinieron en todo el año. ¿Para qué vienen ahora?".

Los líderes históricos de la Concertación valoran el hecho de que los dirigentes actuales al menos hayan conseguido mantenerla unida, a pesar de los augurios acerca de que cuando perdiera el poder estallaría en pedazos. Pero también es cierto que esa unidad se ha conservado eludiendo el análisis de la derrota y, más especialmente, de la última mitad del gobierno de Michelle Bachelet.

Durante ese período, el conglomerado sufrió el desgarro de dos de sus partidos mayores, la DC y el PS (en este último caso, tres convulsiones sucesivas), y mantuvo al borde de la secesión a un tercero, el PPD. Las contradicciones que llevaron a esos quiebres existían desde el nacimiento de la Concertación, pero habían sido regulados siempre por el gobierno. Durante Bachelet se invirtió la prioridad: los partidos debían proteger al gobierno, y no al revés. De allí se alimentaron las psicologías que, percibiéndose indispensables, se sintieron en seguida en posición de desafiar y romper con todo el resto.

Ese fantasma no ha desaparecido del todo. La rebelión de una concejala del PPD tras la renuncia del alcalde socialista de La Florida, amenazando con entregar ese municipio a la UDI, ha vuelto a poner prueba la fragilidad de las lealtades en esos dos partidos. (Y, de paso, un problema no resuelto en el sistema político chileno: el respeto a la voluntad popular en el reemplazo de autoridades de elección). 

 
La consecuencia más importante del movimiento centrífugo es que el 2009 la Concertación perdió votos por el centro y la izquierda, y hasta ahora no se pone de acuerdo sobre cuál de esas emigraciones le infirió la derrota definitiva en la segunda vuelta del 2010. Nada de esto ha sido discutido a fondo.

La ausencia de este análisis crítico es apenas un síntoma de un deterioro mayor, que es el de las capacidades intelectuales. Por mucho que la política moderna se base en carismas personales y encuestas, realmente no se puede aspirar al poder sin tener contingentes dedicados a pensar, estudiar y discutir. A fines del régimen militar, la Concertación disponía de un impresionante repertorio de centros de estudio donde se alojaban especialistas para todo. En menos cantidad, pero con igual experiencia, Piñera llegó a La Moneda con un capital parecido.

La debilidad de la Concertación se ha extendido a este campo. De sus tres principales think tanks, Cieplan es considerado el más serio, pero algunos lo miran como un bastión liberal; Proyectamérica es visto como un buen espacio de debate, aunque no más que eso; Igualdad pertenece sólo al PS, y Dialoga no ha superado su imagen de bunker de defensa de Bachelet. En el último de sus encuentros, la ex Presidenta reafirmó que entiende mejor a los chilenos que los que buscan la autocrítica, una manera gentil de explicar su popularidad, pero también de desalentar el esfuerzo analítico.

En los mentideros concertacionistas se dice que sus centros son hoy ambientes más sociales que políticos. Hay sesiones de discusión los lunes en Dialoga y los jueves en Proyectamérica, aunque los participantes no son los mismos. Y hay un informe diario que se envía a todos los ex ministros de la Concertación. Puede sonar cruel, pero esto se parece más a la primera mitad de los 80 que a la coalición que derrotó a una dictadura.

El resultado es la sucesión de fracasos en su primer año de oposición, como la interpelación a la ministra Magdalena Matte y el que hasta ahora se ha ofrecido como el caso más fácil, el de la intendenta Jacqueline van Rysselberghe (donde tampoco el senador "descolgado" Alejandro Navarro ha podido exhibir una especial eficacia).

Y está, por último, el problema de los liderazgos. De momento, y siempre según las encuestas, no hay otro que el de la ex Presidenta Bachelet. Frente a ella, la Concertación se vuelve a dividir entre los que creen que es la reserva estratégica para el 2014, los que piensan que esa opción sería un suicidio y los que opinan que podría ser, como Frei, la alternativa si no hay nadie más. Los nostálgicos, los escépticos y los cínicos, según la descripción de un parlamentario.

Es aun temprano para afirmar que la Concertación no logrará levantar nuevos líderes para las elecciones del 2014. Aparte de las razones personales, hay otra estructural. Durante su extraño primer año, el gobierno de Piñera ha impulsado proyectos que serían más propios de la centroizquierda que de la centroderecha (royalty, subsidios, Sernac financiero, posnatal extendido, 7% de los jubilados). Y esto, que en este momento es una acusación en los ambientes de derecha, es también uno de los principales problemas de la oposición.

¿Qué se hace cuando el adversario entra en territorio propio? ¿Se cambia de territorio o se recupera el anterior? ¿Cómo se construye un liderazgo distintivo en esa situación? ¿Oponiéndose o colaborando? Estas preguntan dividen a todos los potenciales presidenciables de la Concertación, entre los partidos y dentro de ellos. Sotto voce, muchos reconocen que la dificultad de responderlas es parte de la parálisis actual.

En fin: a la Concertación le ocurre todo lo que pasa cuando se está fuera del poder. "El poder desgasta, pero más desgasta no tenerlo", decía Giulio Andreotti, que después cayó preso. De momento, tiene a la vista la receta con que ganó su adversario: trabajar, trabajar y proponer que después de ganar se trabaja más.