PAUL WALDER   

El gobierno ha anunciado que impulsará una ley para sancionar el acoso en los colegios, aquel hostigamiento o persecución persistente de los alumnos más fuertes sobre los que expresan algún tipo de debilidad o vulnerabilidad.  Se trata de una habituación y, de cierta manera, consolidación, de antiguos malos hábitos conocidos o detectados como matonaje y hoy renombrados bajo el anglicismo del bullying. Un fenómeno que ha dejado de ser aislado para elevarse como otro más de los ya graves problemas del sistema escolar chileno.

Las estadísticas del hostigamiento escolar en Chile son crecientes y alarmantes. Pero también sus efectos, que han impulsado durante este año a dos niños al suicidio. Un reciente estudio de la Universidad Diego Portales y la UNESCO aplicado a estudiantes de Sexto Básico en Latinoamérica reveló que Chile tiene el peor índice de clima escolar de la región. Una realidad que está reforzada por el explosivo aumento de las denuncias de acoso, las que pasaron de 1.046 el 2009 a 1.637 durante el año en curso.

Las intimidaciones y agresiones cruzan todo el espectro escolar. El mismo ministro de Educación ha afirmado con bastante alarma que el matonaje existe en colegios públicos, municipales y particulares, como también entre niños y niñas por igual. La semana pasada Joaquín Lavín, con otro estudio en la mano, dijo que el nueve por ciento de los alumnos se siente acosado de forma permanente. Esto significa que las relaciones entre todos los niños y jóvenes chilenos tienen un alto componente de agresión, de descalificación, de violencia. Hay acosadores y acosados, y hay espectadores pasivos del hostigamiento. La sala de clase se convierte en un lugar tan expuesto como las calles de Chile, reproduce y amplifica los elementos más ásperos y duros de nuestra sociedad.

El proyecto de ley del gobierno apunta a sancionar los efectos del matonaje. Una medida que está orientada al control, pero deja sin tocar las causas, las que probablemente son tan profundas que se las prefiere omitir. Es bien posible que el mal clima escolar chileno sea el reflejo de un mal clima social, fenómeno que una ley puede en algún grado amortiguar, pero en ningún caso cambiar.

Pueden ser muchas las variables que inciden en este creciente comportamiento intimidatorio y organizado que reina en los colegios, las que muy probablemente tengan unos orígenes muy alejados a las aulas. Especialistas afirman que el uso de las nuevas tecnologías, como los celulares, redes sociales de internet, youtube y otras, amplifican y extienden el clima agresivo y persecutorio de las aulas hasta los hogares de los niños. Los niños perseguidos no pueden restarse del asedio público ni en su propia casa. No son sólo víctimas durante las horas de clase. El ataque se hace permanente. Un reciente estudio realizado por la empresa VTR con la colaboración de la Universidad del Desarrollo y del Ministerio de Educación afirma esta realidad: el doce por ciento de los niños ha sido víctima de abusos a través de las nuevas tecnologías.

Pero esto no explica las causas, mucho más complejas que el surgimiento y uso de las nuevas tecnologías. Tampoco es posible acotar el problema a las aulas, como si las escuelas fuesen una institución aislada del sistema social.

El acoso no es sólo un fenómeno escolar. Es la reproducción de pautas de comportamiento ajenas a las aulas, las que son canalizadas y amplificadas en ellas. Son patrones de conducta que proceden desde el conjunto del tejido social, filtrándose hacia los más permeables, que son los niños, a través de las familias, del sistema laboral y, cómo no, de los medios de comunicación. La televisión y la publicidad, y en ello hay décadas de estudios, sí inciden de forma evidente en el comportamiento de la población. Una vida expuesta durante  muchas horas diarias a las pantallas genera en el receptor o consumidor efectos profundos en el largo plazo. La televisión, y los medios en general, no sólo reproducen pautas de comportamiento que están vivas en la sociedad, sino que pueden modelar y amplificar otras, aparentemente las peores. La actual fruición por el consumo masivo o programas de violencia psicológica y también física son un claro ejemplo de ello.

Los niños y jóvenes tienen una media de dos horas 26 minutos diarios de exposición frente a la pantalla de televisión, según datos del Consejo Nacional de TV. Hay otras más, que no están aún registradas en estos estudios, frente a las redes sociales en el computador. Pero los niños no ven, como podríamos suponer, sólo Bob Esponja o Hanna Montana. Datos del mismo Consejo revelan que en octubre del año pasado el programa más visto entre los niños de cuatro a doce años fue la teleserie nocturna ¿Dónde está Elisa?, con 9,8 punto de rating en este grupo. En el quinto lugar estuvo Morandé con Compañía, con 6,8 puntos, Los Angeles de Estela, con seis puntos, y Pelotón, con 5,4 puntos. Hay que reconocer que los niños ven otras cosas: Bob Esponja tuvo 5,9 puntos, y Los Padrinos Mágicos 5,6.

Los niños ven la programación que está anunciada para mayores de 18 años. Tal vez se exponen a las teleseries y los realities junto con sus madres, quienes detentan los mayores índices de consumo televisivo en el hogar. Si desde el hogar se comparte como modelo de vida la violencia psicológica y el acoso propio de los realities, el lugar para llevarla a la práctica será la sala de clases. Esos son los niños que formamos. ¿De qué nos sorprendemos?