FERNANDO VILLEGAS

Ecce Homo, expresión latina que significa "este es el hombre" o "he aquí el hombre", fueron, según el Evangelio de Juan (19.5), las palabras dichas por Poncio Pilato cuando, ante la muchedumbre rugiente y sedienta de sangre, presentó a Jesús de Nazaret, ya flagelado y con la corona de espinas con que lo torturaron y vejaron. La misma expresión, "Ecce Homo", la usó Nietzsche en su última obra, escrita poco antes de la crisis mental que lo postró en un asilo por el resto de su vida. Fue su último intento de hacerse valer como filósofo y presentarse como hombre. Uno de sus primeros capítulos se llama "por qué soy tan inteligente" y otro se titula "por qué escribo tan excelentes obras". A veces, cuando nadie ve ni oye -normalmente nunca se quiere ver ni oír algo relativo a las virtudes del prójimo- la excelencia que efectivamente alguien tiene, este, el excelente, se ve reducido a la condición poco decorosa de proclamarlo a gritos. 
Para los 33 mineros llegó ese momento. No se trata de que vayan a escribir una obra póstuma hablando de sí mismos, aunque tal vez alguno perpetre sus memorias o alguna crónica para revistas, sino de que, les guste o no, va a leerse a gritos el "Ecce Homo" ya convertido en cosa pública de cada uno de ellos. Hasta ahora sólo hemos visto y hablado de héroes, porque es lo que la hora requiere y exige, pero llegará el momento cuando no todo lo que veamos bajo la implacable luz de los medios, ahora reverente pero quizás más tarde -y si sirve al rating- despiadada y hasta burlona, no todo, digo, será loable, edificante, grandioso y digno de imitación.

Hombres nada más

Por eso y ya hoy, mientras continúa la edificación de la leyenda y se endiosa a los 33 sin tasa ni medida, bueno sería tener presente que son hombres; hombres valientes, rudos, resistentes, adaptables, inteligentes y llenos de recursos, pero hombres al fin. Esto significa que están hechos de las mismas hebras que, como en todos nosotros, se compone la trenza humana. No lo digo para que los queramos menos, sino para quererlos más. No sé ustedes, pero personalmente tiendo a detestar a los súper héroes de película, a las chicas maravillas, a los "Bourne" infalibles, a los Bat Man y todo el elenco de pelotudos con poderes especiales, sobrehumanos. Porque si estamos dotados de virtudes angelicales y poderes sin límite, ¿qué gracia tiene la vida? ¿No son preferibles, por lo mismo, los cansados héroes de Clint Eastwood, los sexagenarios con hemorroides y muchos fracasos a cuestas y que, pese a eso o por eso, salen adelante? ¿Quién no tiene un corazón para héroes a la fuerza y a desgano? Prefiero al ladrón que se arrepiente en la hora nona, en la cruz, que a una pechoña de misa diaria. Apostaría que Nuestro Señor piensa igual. A El mismo lo estimo más cuando lo veo descrito en las bodas de Cannan, bebiendo, danzando y quizás -quizás- con la tentación, "La Ultima Tentación", de ser sólo un hombre y tener mujer e hijos, una vida terrena común y corriente.

Estos hombres, estos 33, revelarán muy pronto que su factura es muy humana y por tanto frágil, contradictoria, de luces y de sombras. Sabemos ya que algunos tenían líos amorosos extramaritales y sospechamos que otros pronto los tendrán, porque, qué duda cabe, les lloverán las damas deseosas de compartir su fama mediante el procedimiento habitual en estos casos, a bordo de un lecho. Eso pondrá entre paréntesis todo lo que se ha dicho de "la familia" a la que regresan. Regresan a ella, sí; les interesan sus familias, sí; pensaron en sus esposas, sí; echaron de menos a sus hijos, sí, pero en esos "algunos" habrá también todos los bemoles del caso, porque seguro que también pensaron en "la otra", sí... Dos mujeres tiene Yonni Barrios, el enfermero del grupo, lo que fue público, pues ellas mismas lo dieron a conocer. La esposa, Marta Salinas, retiró el cheque de Farkas; la conviviente, Susana Valenzuela, estuvo acampando en Esperanza. Barrios, impávido -habría que condecorarlo por su sangre fría-, invitó a las dos para que lo esperaran a la salida del pozo, pero llegó sólo la conviviente. En otros casos habían dos carpas, una donde estaba la señora legal y otra donde una sacerdotisa alternativa adoraba la foto del personaje bajo tierra.

Porque no crean que el de Yonni es el único caso. Treinta y tres hombres son muchos hombres y los varones somos débiles en esa materia -"quidem promptus spíritus, caro vero infirma", consulte Wikipedia- y mucho más cuando formamos parte, como ocurre con los mineros, de una cultura de reciedumbre, aislamiento, soledad y diversiones a todo trapo como debida compensación de sus riesgos y desvelos. El que esté libre de estos pecados que arroje el primer calzoncillo. 

 

Habrá también muestras de vanidad. ¿Quién podría resistir para siempre la tentación de realzar, en grados sucesivos, los méritos que les fueron propios en su odisea de más de dos meses? El prójimo es parco en halagos y cuando llega a hacerlo, cae en exageraciones que los desvirtúan; además duran poco. Se insistirá entonces en mantener vivo el recuerdo y por eso llegará el día cuando a algunos auditores el asunto comience a parecerles historia vieja y ya "repetida". Además, a nadie le gusta que el compañero del lado reciba algo más de atención y cámaras; quienes sufran un relativo opacamiento a manos de los líderes naturales tenderán a compensar eso con un poquito más de estridencia para que se oigan sus propias historias. Por ambas razones, aun los más callados, tenderán a elevar la voz. Y eso, a su vez, llevará a cierta competencia y roces. ¿No disputaron para decidir quién salía último, esto es, quién hacía el glamoroso papel del capitán del barco que sube último al bote? No descartemos los codazos.

Y habrá codicia. Los 33 son humanos y todavía no conozco a un miembro de esta divertida especie animal que le haga asco al dinero. Querrán ser retribuidos y pensarán en términos de renta vitalicia. Pasarán por caja en radios, canales de televisión, revistas, etc. Habrá algunos pensando en iniciar una carrera actoral representándose a sí mismos. En fin, es posible que muy pronto llegue el día cuando miren sus experiencias no como parte vívida de su ser, sino como mercancía. Y para esos efectos se harán asesorar por una nube de abogados, contadores y promotores de todo orden, ya sea llamados o presentándose por cuenta propia. Todos por igual querrán sacar tajada.

Y los demás también...

Porque seres humanos son también quienes los rodean o rodearán y sabremos de muchos actos, actitudes y palabras menos edificantes que las pronunciadas hasta este minuto. Se presentarán súbitos primos en cuarto grado a ver si pueden participar de las recompensas materiales o espirituales de la odisea o siquiera salir en la foto. Llegarán ex amantes a reclamar lo que consideran suyo a título de indemnización por años de servicio. Aterrizarán tíos que no veían desde hace 20 años, recordándoles un préstamo o pidiéndoles uno. Y entre estos concurrentes habrá conflictos en lo que toca a repartirse las utilidades y/o notoriedades. Ha habido ya peleas entre suegros/as y nueras. El padre de dos mineros atrapados (los Avalos) no estaba en la lista de personajes autorizados para estar en el campamento, porque una de sus nueras se llevaba pésimo con él y no lo consideró digno de estar presente. Otro caso: María Sepúlveda, conocida como la "Alcaldesa" del campamento Esperanza, estuvo desde el primer día velando al sepulto, pero dicho hermano estaba peleado con ella desde hacía años y no quería verla a la salida. Ella sí; podrá uno estar peleado, pero, ¿quien resiste la idea de abrazarse ante cien cámaras, CNN incluida?

 ¿Y qué importa?

¿Y qué importa todo eso? NADA. No vamos a descubrir ahora de qué pasta estamos hechos. Lo que a fin de cuentas hace la diferencia es la dosis, como también el valor e importancia tan distinta de esos diferentes rasgos. Decía un personaje de Anatole France a propósito de otro, muy dado a la chacota: "en él Dios no tiene otro enemigo que las cartas, las faldas y el frasco". Poca cosa en verdad. Pecadillos. Importa si uno, en el momento crucial, cede su puesto en el bote salvavidas a la mujer o el niño; importa si se salta al abordaje cuando la Patria lo necesita; importa si se entra al edificio en llamas a salvar a un desconocido; importa si se es honesto y generoso toda la vida; importa si se resiste con humor y fortaleza una sepultación de dos meses y algo más. Ahí se mide a la gente. Ahí esta el hombre. Ahí y no en otra parte están los 33.