Los académicos chilenos, Elba Andrade y Walter Fuentes, radicados en Estados Unidos, escribieron una magnífica obra de antología crítica, relativa a la acción del Teatro chileno durante la época dictatorial, publicada por ‘Ediciones Documentas’, Santiago, 1994. Basado en esa obra (‘Teatro y dictadura en Chile’), se desarrolla el presente artículo.
Eran los años de oscurantismo cultural, donde la sempiterna presencia de agentes del estado hostigando, persiguiendo y encarcelando a quienes osaban hacer arte que estuviese fuera de los marcos ideológicos militarizados, pretendía imponer a golpes de bayonetas la deshuesada idea de que la cultura sólo era aquella que calzaba botas y manejaba fusiles.
Algún día, los historiadores dedicarán sus esfuerzos a investigar en profundidad las acciones realizadas por decenas de mujeres y hombres en el exitoso intento por desarrollar y parir cultura durante los ‘años negros’ sufridos por las artes, la música y las letras durante el largo período totalitario.
Me permito destacar –en cuanto al Teatro mismo- a dos de esos tozudos y valientes luchadores por el arte y la libertad: Marco Antonio de
I.- Marco Antonio de
Es el autor –entre muchas otras- de la obra “Lo crudo, lo cocido y lo podrido” (1978), la cual llegó a la conciencia ciudadana con gran impacto, despertando vivas polémicas por sus mensajes de ruptura con el orden totalitario.
Cuenta de
Sin embargo, pese a las dificultades y prohibiciones, la obra pudo estrenarse después en puestas de escena mucho más modestas pero no menos polémicas. Los tablados para representarla fueron variados, desde un salón de
Pero al arte nada se le oculta, y esa es justamente su necesidad, su virtud y su riesgo. En realidad, de
Recuerdo al respecto las múltiples opiniones vertidas en El Mercurio,
La obra teatral comentada, estaba inserta en el marco de inflexibilidad política emanado del anuncio que Pinochet hiciera del Plan Chacarillas (1977), bajo el cual la dictadura había endurecido su posición a fijar los marcos de una nueva institucionalidad que le permitiría su continuidad en el tiempo. Es en ese momento que el autoritarismo amplía los mecanismos de censura y promueve un teatro de perspectiva ‘anti-pueblo’ y acrítico, que se refleja en la comedia frívola, en el musical y en el montaje de textos clásicos considerados ‘inocentes’ por los servicios de inteligencia militar.
El obvio objetivo de estas representaciones implícitamente oficialistas –dicen los autores Andrade y Fuentes- era anestesiar a la audiencia con una visión que le asignaba al teatro la mera función de espectáculo, o que mostraba la conflictividad como un hecho personal exclusivamente situacional, evitando de tal laya cualquier proyección problemática hacia lo social.
La dictadura no lo logró. Tuvo algunos exiguos momentos de éxito al promover esas obras en la televisión, pero, por el contrario, fue el teatro profesional y aficionado quien montó –a pesar de los pesares- obras que develaban una visión crítica y, en ciertas instancias, transgresora del orden autoritario. En ese marco político-cultural se inscribe “Lo crudo, lo cocido y lo podrido” y su consiguiente prohibición o estreno oficial.
Valientemente, con este modo de representación dramática, Marco Antonio de
Creo en el arte como inquietud, no como academia, como arte de lo imposible, como negociación entre el deseo y la realidad (De
II.- Jaime Miranda.
Logró notoriedad pública cuando retorna a Chile luego de diez años de exilio y presenta su obra “Regreso sin causa”, la que obtuvo el Premio del Círculo de Críticos de Arte (1984) y el de
Nacido en Copiapó el año 1956, Miranda es uno de los dramaturgos jóvenes que pertenece a esa generación paradigmática del autoritarismo que, al ver tronchada su formación, opta por el exilio. Forma parte del ‘teatro chileno de la diáspora’, uniéndose a dramaturgos, actores, estudiantes y compañías teatrales que, premunidos de la experiencia común del golpe y el destierro, obedeciendo obligadamente a la necesidad del éxodo político, trajo nefastas consecuencias para la vida cultural del país.
Estrenada en los últimos años del régimen autoritario, en un momento que se exigía una solución definitiva al derecho a vivir en la patria, “Regreso sin causa” se perfila como una pieza clásica por revelar –a través del eje temático exilio/desexilio- los efectos de la dictadura en un amplio sector social. Además, porque constituye una excelente muestra de la resistencia cultural y continuidad histórica del teatro chileno realizado fuera del país...en el caso de Jaime Miranda, en Venezuela.
En esos duros años, para lograr la ‘debida obediencia’ por parte de actores y directores, una noche, después de la función, los esbirros del pinochetismo hicieron volar la sala de una carpa que presentaba una obra crítica al régimen. Entonces, a falta de teatros, algunos actores y directores se vieron en la obligación de transformar los patios de sus casas en salas de espectáculo, naciendo así una serie de “teatros de bolsillo”.
En uno de esos nuevos teatros estrenó su obra Jaime Miranda (en el Galpón de los Leones, ex teatro
Cuenta Jaime Miranda: de múltiples formas la dictadura intentó que ‘Regreso sin causa’ se dejara de exhibir. Primero buscaron cerrar el teatro por la vía administrativa: enviaron a fiscalizadores del Servicio de Impuestos Internos para que hicieran una auditoría de los últimos años de funcionamiento del teatro; gracias a un grupo de contadores amigos que se encerró un par de noches a poner todo en regla, no lograron clausurarnos. En seguida mandaron a un sujeto que pertenecía a un organismo relacionado con el Medio Ambiente, a medir la cantidad de decibeles que producían las voces de los actores.
Luego mandaron a gente del Servicio Nacional de Salud a exigir una cierta cantidad de baños por cada tantos espectadores, lo que era prácticamente imposible de cumplir; pero, como el actor que protagonizaba la obra era primo de un industrial que fabricaba artefactos sanitarios, nos dimos el lujo de poner más del doble de los exigidos, llegando con ellos hasta la calle. Luego llamamos a la prensa y se produjo una carcajada en la opinión pública.
<<Eso no le gustó nada a la dictadura y entonces ella se endureció: durante varias funciones tuvimos sobrevolando el techo del teatro a un helicóptero militar que producía –sin duda- gran temor entre los espectadores>>
El Premio del Círculo de Críticos de Arte salvó a la obra…y a su autor. Vinieron entonces las presentaciones en provincias, donde Carabineros y militares extremaron esfuerzos para impedir su puesta en escena. Viña del Mar, Penco, Lota, Angol,
En Viña del Mar, la alcaldía puso a la entrada del teatro a dos furgones y un blindado de Carabineros para atemorizar al público e impedir su asistencia. El público los ignoró y al término de la función los apedreó, iniciando una batalla callejera a la cual se sumaron transeúntes que ni siquiera habían estado presenciando la obra.
En fin, en estos dos dramaturgos he querido resumir –seguramente mal- el esfuerzo notable de la gente del teatro chileno que logró iluminar en parte la oscura noche totalitaria. En la presentación del libro “Teatro y dictadura en Chile”, sus autores inician la labor escritural con las siguientes palabras: “A estos ‘trabajadores del arte’, como se solía decir entonces, deseamos, pues, reconocer en primera instancia”.
No hay para que preguntar cual es el motivo del actual desastre en la educacion de los chilenos ni la causa de los programas de farandula que inundan la television. Este excelente articulo demuestra las causales.
Demos gracias a los valientes "trabajadores del arte" que en dictadura se atrevieron a mantener encendida una lamparita de cultura; y gracias tambien a los chilenos que desde el exterior arrojaron luces sobre la patria; de no haber sido por ellos hoy estariamos culturizandonos solamente con los bufones de palacio.
La cultura es considerada materia peligrosa por los derechistas por que permite a la gete desarrollar el intelecto y pensar analiticamente.
Un gobierno derechista llevaría la cultura al mismo pozo negro que tenía en la dictadura.