MEMORIAS DE MEDIO SIGLO: “EL DIA MARTES ONCE DE SEPTIEMBRE DEL SETENTA Y TRES”.
Por Artalex
A las seis de la mañana de ese día, las rutas y avenidas que permitían el ingreso a Santiago cayeron en manos de patrullas militares. Aparecieron por vez primera a la vista del público las ametralladoras “punto treinta”, emplazadas sobre trípodes metálicos, con sus cintos de balas gigantes colgando al suelo cual lenguas de dragones asfixiados.
Mi amigo Oscar Valdés Figueroa, periodista radicado en Valparaíso, me contaría años después que en la medianoche del lunes 10 se observó el regreso de
Se encontraba bebiendo una copa (que siempre era más de una) junto a otros colegas periodistas frente a la Plaza Prat, cuando se enteraron del retorno de los barcos chilenos. El olfato profesional les indicó que algo importante estaba ocurriendo, por lo que se dirigieron con presta voluntad a ese lugar, dispuestos a “cazar” una noticia importante que, por cierto, sería primicia en las primeras transmisiones de sus respectivos medios.
Ellos fueron la noticia. No bien ingresaron a la extensa explanada del puerto fueron detenidos, golpeados y encerrados en un galpón después de haber sido despojados de sus identificaciones y de sus ropas. Eran exactamente las dos de la madrugada con cuarenta minutos.
El “Golpe” había comenzado.
En Santiago, a las siete de la mañana, aviones de la Fuerza Aérea sobrevolaron el valle del Maipo para lanzar sus balas contra las antenas de distintas radioemisoras, silenciándolas y causando alarma en la población.
A las ocho en punto, como de costumbre, salí de mi casa para dirigirme a pie al lugar donde realizaba mi práctica profesional, el Ministerio de Tierras y Colonización (hoy, Bienes Nacionales) que se ubicaba frente al Edificio de
Al pasar frente a la Posta Central noté movimiento inusual de vehículos de Carabineros, pero supuse que se trataba de algún nuevo atentado en calles capitalinas, algo demasiado repetitivo en esos años como para darle mayor importancia.
Dos obreros de la construcción, con cascos amarillos en sus cabezas, observaban el mismo acontecimiento y parecían prepararse para dejar la obra, ya que se mostraban nerviosos y con cierta prisa.
- ¿Y usted, gancho, pa’onde va? –me espetó uno de ellos.
- A mi pega, poh –respondí entre extrañado y divertido.
- “Más mejor” que se devuelva a su casa, jefe. La “custión” parece que está pesada porque los milicos salieron a la calle y las radios están en cadena nacional. Dicen que empezó el golpe de estado.
Apuré el paso y llegué al Ministerio. Prácticamente no había nadie. El portero me franqueó la entrada y me encontré en el interior con cinco personas, cual de ellas menos informada.
Encendimos una radio y escuchamos el Bando Número Uno que en ese instante los militares repetían para que el país se enterara que había llegado “el día de la liberación nacional”.
Frente a nuestros ojos, los Carabineros que custodiaban el edificio de la UNCTAD habían desaparecido y por la Alameda no transitaba un maldito autobús.
Decidimos salir del Ministerio para dirigirnos a la Plaza Bulnes. Queríamos ser testigos de lo que suponíamos sería una nueva intentona golpista menor y fracasada, como la que sucedió el día 29 de junio con el “tanquetazo” que desarticulara el general Prats.
Al llegar al lugar nos insertamos en el grupo de quinientas personas que miraban hacia el Palacio de La Moneda, dando las espaldas al Ministerio de Defensa cuyas puertas se encontraban cerradas, al igual que
Allende estaba allí. Los miembros del GAP (“Grupo de Amigos Personales”), también.
Dos helicópteros militares pasaron sobre nuestras cabezas en vuelos rasantes, estremeciendo el aire y atemorizando a los curiosos. Desde algún lugar cercano alguien disparó al cielo una ráfaga de tiros. El grupo se deshizo en cientos de pies corriendo a ningún lado.
Desde la avenida Bulnes surgieron los primeros vehículos militares con sus armas apuntando al frente y los soldados vestidos con equipos de guerra. En sus brazos izquierdos llevaban brazaletes coloridos, y en sus rostros se reflejaba la tensión del momento.
Un oficial descendió desde su jeep e hizo uso de un megáfono. Se dirigía a nosotros.
- ¡¡Los civiles tienen un minuto para despejar la Plaza!! ¡¡Un minuto....que ha comenzado a correr!!
Hubo un murmullo general, pero nadie hizo movimientos para alejarse de allí. Por el contrario, un pequeño grupo de muchachones insultó al uniformado y se mofaron de él, tomándose los genitales con ambas manos.
- ¡¡Se cumplió el minuto!! –vociferó el oficial, bajando el brazo derecho.
Una ráfaga de disparos siguió a esa acción. Yo quedé tieso, pegado al suelo, con la boca abierta y sin atinar a nada. Uno de los muchachones, a quince metros de mi posición, fue golpeado por una bala en su brazo y cayó al pavimento después de haber girado sobre sus propios pies. Los disparos continuaron. Reaccioné y volví mis pasos hacia el oriente, corriendo como desalado, con mi cuerpo raspando los muros del Ministerio de Defensa, buscando la protección de las cornisas. Sentí gritos e interjecciones a mis espaldas. Corrí, corrí, corrí....sin detenerme a mirar lo que estaba ocurriendo, pues el sonido terrible de los fusiles me perseguía. Temí realmente por mi vida.
Llegué nuevamente hasta mi oficina, distante a nueve cuadras de Plaza Bulnes, e ingresé al edificio del Ministerio de Tierras y Colonización acezando de temor y cansancio. De mis primeros cinco acompañantes, sólo dos continuaban junto a mí y al portero del ministerio. El resto, seguramente, había optado por retirarse a sus hogares.
Pocos minutos después, algunos carros del ejército rodearon el Edificio de
Hubo disparos a granel desde los edificios Torres de San Borja y los uniformados respondieron con nutrida artillería liviana. Nuevos elementos militares hicieron su irrupción y en pocos minutos la Alameda simuló ser el patio interior de un regimiento preparando la Parada Militar. Camiones blindados, jeeps, tanques, ametralladoras.....ese era el nuevo paisaje de la céntrica avenida.
Había que salir de allí antes que comenzara a producirse el ataque e invasión a todos los edificios de altura que circundaban el ministerio. Propuse usar un paño blanco como bandera y dejar el Ministerio. Mi idea fue aprobada, pero debería ser yo quien iniciara la caravana con el mantel en la mano.
Diez o doce militares comandados por un teniente se aproximaron a nuestro edificio. Les explicamos que éramos funcionarios del Ministerio y que deseábamos retirarnos a nuestros hogares. Mostramos nuestras cédulas de identidad. El oficial autorizó la salida y cada uno de nosotros se perdió del sitio con la presteza que las piernas permitieron.
De nuevo, la avenida Portugal y la Posta Central. Una vez más, el camino de regreso a casa con rápida y acelerada decisión, corriendo entre vehículos particulares que tocaban sus bocinas en señal de enfermiza alegría. Algunos conductores portaban banderas chilenas y hacían con los dedos la “V” de la victoria. A la distancia, el tableteo de ametralladoras cortaba el ambiente. Estaba produciéndose un tiroteo en
Diez metros antes de llegar a la reja del antejardín de mi casa, un automóvil azul detuvo mi paso con fuertes bocinazos. Eran Goyo y Néstor, dos amigos universitarios, miembros de
- En el campamento “Nueva La Habana” –les respondí con seguridad- Allí tenía que encontrarse hoy con su grupo de seminario de título.
El hombre es el único animal que tropieza dos veces con la misma piedra, y tres veces también. Como ellos no tenían idea dónde cresta quedaba el ‘Nueva
Fue todo extraño. Raro y preocupante. Había enorme agitación dentro del campamento, pues muchas mujeres y niños deambulaban nerviosamente de un lado a otro, llevando sacos de arena y “miguelitos” –esos enormes clavos entrecruzados que se doblaban con alicates, dejando las puntas en posición casi vertical para destrozar neumáticos- que se esparcían por todos los callejones para detener una posible invasión militar.
Encontramos a Gloria en la mediagua que servía como “centro de informaciones”, confundida entre muchos varones que cubrían sus rostros con pañoletas rojinegras. Pude divisar tres o cuatro armas largas, especialmente fusiles, y muchos revólveres y pistolas. Más que preocupado, apuré la salida a bocinazos. Gloria subió al automóvil reclamando por nuestra cobardía. Ya lo sabía; las mujeres son definitivamente más decididas que los hombres.
Al abandonar el campamento y girar de nuevo por Macul hacia el norte, topamos de cara con una larga hilera de camiones militares que se dirigían al “Nueva La Habana”. Nos habíamos librado de la batalla por escasos minutos. Semanas después, Gloria agradecería públicamente mis bocinazos, pues en el ‘Nueva
Descendí del coche en Irarrázaval con Vicuña Mackenna y caminé las tres cuadras hasta mi calle, soportando el hiriente festejo de automovilistas que surcaban la avenida a gran velocidad, haciendo sonar sus bocinas y gritando improperios contra el desfalleciente gobierno socialista.
Pese a mis herejías, Dios acompañaba mis pasos, pues no bien entré a mi casa se produjo un intenso tiroteo en todo el barrio. La balacera duró más de quince minutos y terminó sólo cuando en los cielos aparecieron helicópteros del ejército disparando gruesas municiones contra las casas vecinas. Un significativo contingente militar cercó el barrio e inició el primero de los allanamientos que presenciaría en largos diecisiete años de dictadura. No alcanzaron a revisar mi hogar, donde mi madre quemaba en el patio mi amada biblioteca y algunas fotografías, en las que yo estaba junto al Presidente Allende durante una visita que el mandatario hizo al Ministerio de Tierras y Colonización.
El toque de queda fue impuesto a sangre y fuego a partir de las 14:00 horas, aproximadamente. Las calles se vaciaron. El silencio humano se transformó en dolor de almas y de oídos, dando paso al retumbar de disparos y al terror que comenzaba a inundar nuestras vidas.
La televisión –en manos militares- mostró la primera conferencia de prensa de los golpistas. Pinochet, Merino, Leigh y Mendoza. Los cuatro generales hablaron al país con dureza y prometieron limpiar el territorio nacional de terroristas e insurgentes. Gustavo Leigh Guzmán, general de la Fuerza Aérea, fue más lejos, anunció que lucharían contra el marxismo ‘hasta las últimas consecuencias’. Mi madre rompió en llanto. Mi padre, en cambio, se limitó a comentar que “esta huevada había durado demasiado”. Tres días demoró mi viejo en conseguir que mi madre volviera a dirigirle la palabra.
La noche fue terrible. Las casas estaban con sus luces apagadas, por temor de sus moradores a ser baleados desde la calle por las patrullas militares que disparaban a cualquier ventana iluminada. Yo creo que en Santiago nadie pudo conciliar el sueño esa noche. Algunos amigos llamaban telefónicamente para comentar –quimérica ilusión de mentes desesperadas- que el ex general Carlos Prats marchaba hacia la capital desde Concepción, con un fuerte contingente militar, para enfrentarse a los cuatro golpistas.
Sarita, compañera de carrera en la universidad, me gritó a través del teléfono.
- Están apresando a algunos alumnos de la escuela y los llevan al Estadio Nacional.
El día sábado 15 de septiembre la televisión mostró los centenares de prisioneros políticos que la Junta Militar había concentrado en ese Estadio. Una voz “en off” relataba las comodidades que tales prisioneros tenían en aquel lugar.
Recordé
Ese fue mi primer día en la larga existencia de la dictadura militar, día que no he querido olvidar…pero que sí han olvidado convenientemente nuestras actuales autoridades. .


Marco López dijo
Felicitaciones de verdad. Esta columna está de colección.
25 Febrero 2008 | 08:39 PM