Por Artalex

Anécdotas de eventos acaecidos en la política, el deporte, el arte, la cultura, el sindicalismo, el agro, la calle y el barrio, aquí y allá, en Chile y en el extranjero …con la particular óptica y vivencia de quien nació antes del año 1950 y puede contarlo porque estuvo presente y sigue vivo.

Nunca he permitido que el polvo de los años cubriese aquellas situaciones que hicieron de las universidades chilenas verdaderos ejemplos a nivel latinoamericano.

Hubo acontecimientos de real significación en los que mis ojos, mi mente y mi corazón siempre estuvieron dispuestos a atraparlos con cariño, cual si ellos constituyeran parte de mi propio acervo, como si yo hubiese nacido a su vera. Con especial cariño y emoción recuerdo los meses del otoño-invierno del año 1968, vividos y atesorados en los jardines del ya mítico Instituto Pedagógico de la Universidad de Chile.

En aquellos tiempos siempre hubo acontecimientos significativos que circunvalaban la actividad política nacional. Al interior del plantel universitario vivíamos preocupados e interesados por ellos.
De hecho, me tocó participar activamente en uno de los eventos de mayor significación experimentados por las universidades chilenas en su larga trayectoria académica, acontecimiento que forzó la ocurrencia de cambios sustantivos en los planteles de educación superior y mostró la fuerza que los estudiantes podían alcanzar si contaban con una buena organización e insuflaban inventiva, coraje, disciplina y razón a su base de ideas.
Durante ese inolvidable año 1968 enfrentamos la “Reforma Universitaria”, adosándole a los planes de estudios una buena dosis de tecnificación y una cascada de ideologismos, ya que la lucha parecía ser- en aquella inigualable época de inteligentes duelos discursivos- demostrar que los sucesos políticos acaecidos al interior de las universidades se anticipaban en pocos años a la tendencia que el electorado nacional manifestaría en comicios presidenciales, por lo que nos parecía de enorme importancia construir el soporte sobre el cual descansaría el edificio socio-político que habría de levantar y ocupar el pueblo a partir del momento en que el gobierno llegara a las manos de su verdadero propietario: el pueblo. Esa, al menos, era la idea gruesa.
Toda aquella hermosa maraña se inició en la Universidad Católica de Valparaíso (el puerto, de nuevo, al frente de los cambios), con una escandalosa “tirada” de sillas, mesas y pizarras a la calle. Exigían a gritos la transformación del currículo rígido en uno flexible, participación estudiantil en la mesa de decisiones, cambios en los programas de estudio, concursos públicos para contratar académicos, y otras cosas menores.

Pocos días más tarde, la Universidad de Chile junto a la Universidad Católica y a la Universidad Técnica del Estado (hoy USACH), se sumaron a la protesta e invitaron a la Universidad de Concepción y a la Universidad Austral de Valdivia a cerrar filas en torno al movimiento. La respuesta fue inmediata y unánime.

El “Paro Universitario” era total, exitoso y bullanguero.

Miguel Ángel Solar, Presidente de la FEUC (Federación de Estudiantes de la Universidad Católica de Santiago), se trenzó en un duro debate televisivo con el Director del diario “El Mercurio”, el señor Silva Espejo. Frente a las cámaras –en directo- el joven estudiante destrozó y humilló al representante del ‘decano’ de la prensa nacional.

Al día siguiente, un gigantesco lienzo colgaba del frontis de la Universidad Católica, en plena Alameda, con la frase que hizo historia al interior de la izquierda: “Chileno, El Mercurio Miente”.
Nosotros, para no ser menos, también convencidos de la imperiosa necesidad de cambios y reformas, nos tomamos el Pedagógico, sacamos a la avenida Macul sillas y mesas, causamos cuanto escándalo mediático imaginable pueda ocurrírsele a un huelguista juvenil, y publicamos listas con los nombres de los docentes que “no deberían poseer rango académico”.
Entonces comenzó la “Reforma”. A todo dar.

La Universidad de Chile aceptó llamar a elecciones de Rector y Secretario General. Conjuntamente con ello, se autorizó el voto de estudiantes y paradocentes. De inmediato surgieron las listas políticas y la “Casa de Bello” entró en campaña abierta. Poco después de esa bullada elección se establecieron “las mesas de reforma”, constituidas por tres estamentos, a saber: el docente, el estudiantil y el paradocente.

Junto a otros seis estudiantes fui elegido para representar a los alumnos del Pedagógico en dos mesas o comisiones de trabajo. Al parecer, hizo fuerza en la conciencia de mis compañeros el que yo tuviese asegurada ya mi beca para estudiar un post-grado, al año siguiente, en la USP (Universidad de Sao Paulo), y quizá por ello me privilegiaron con su confianza.
Debíamos sentarnos en esas mesas con tres nombres ilustres, tres verdaderos personajes de la Educación Superior, que - amén de haber sido privilegiados con el voto popular estudiantil y académico- contaban con gran experiencia y conocimiento docente. Esos ‘ilustres’ discutirían y acordarían con nosotros los perfiles y parámetros del futuro desarrollo universitario.
Ellos eran, ni más ni menos, los señores Edgardo Boëninger (Rector electo de la “U”), Danilo Salcedo (el “perro” Salcedo, encargado de Asuntos Estudiantiles) y Ricardo Lagos Escobar (flamante Secretario General de la universidad). Todos, como ya se dijo, recién electos democráticamente por los tres estamentos de la ‘U’ de Chile.

Las conversaciones no fueron para nada simpáticas ni calmas y en más de una oportunidad la famosa “mesa de reforma” estuvo a punto de irse al tacho en medio de diatribas, gritos, amenazas y descalificaciones. Nosotros, los estudiantes, cada tarde, entregábamos un reporte sobre lo tratado, acordado y/o disentido en la mañana, el que pegábamos en las murallas del Instituto dando pábulo a rápidas asambleas estudiantiles a objeto de contar con la aprobación de tal o cual iniciativa.

Uno de esos reportes desagradó profundamente al señor Lagos Escobar (que en aquella época era militante del Partido Radical) quien trató de gritonearnos al día siguiente en la reunión de rutina, acusándonos de infantilismo e irresponsabilidad ya que de acuerdo a su particular forma de ver las cosas, nosotros contábamos con la necesaria calidad de representantes del estamento alumnos para tomar decisiones y llegar a acuerdos sin tener que pasar todas las conversaciones por el tamiz demagógico y populista (según él) de las asambleas.
La sangre no llegó al río, pero manchó las riberas pues esa mesa donde estaba Lagos Escobar estuvo a punto de quebrarse.

La Reforma Universitaria siguió su avance arrollador y logró su mejor período de “engorda” ideológica gracias a los acontecimientos acaecidos en París durante el pasado mes de mayo de aquel mismo año, los que alimentaron el plebiscito que culminó con la caída de Charles De Gaulle luego de un largo período de controversias y discusiones con los universitarios comandados por el legendario “Danny el Rojo”, Daniel Cohn Bendit, que había escrito la frase más inteligente que yo haya leído jamás: “Franceses, seamos realistas, pidamos lo imposible”.
En Chile, por supuesto, no cayó el gobierno ni renunció nadie, pero logramos modernizar la universidad y mejorar sus planes de estudios a tal nivel que aún hoy muchos de ellos siguen vigentes.

¡¡Y han pasado cuarenta años desde entonces!!

Así como en París Danny el Rojo llevó a efecto la “Revolución de Mayo”, o “Revolución de las Flores”, nosotros efectuamos la Reforma Universitaria, primer y último paso hacia la democratización de los establecimientos de educación superior. Desde entonces, los planteles universitarios no han tenido un solo cambio ni mejora positiva. Ni uno solo.
Años después, los notables avances obtenidos por quienes luchamos en aquellas lides estudiantiles serían detenidos, encarcelados, abjurados y vilipendiados por nuevas autoridades, las que traerían consigo, junto a sus cascos y fusiles, un ordenamiento militar que convertiría a los planteles universitarios en verdaderos “internados para señoritas” consagrados a redituar ganancias económicas, más que profesionales de fuste; tecnócrata burocráticos, más que pensadores y creadores; zombies, más que seres proactivos.
De esas universidades “acuarteladas” egresaría gran parte de nuestras actuales autoridades. Fácil resulta entonces comprender por qué hoy día la política es la bazofia que todos conocemos, y por qué nuestros actuales mediocres profesionales no concitan el respeto de nadie.
Habría que realizar otra “Reforma Universitaria” para poner las cosas en su lugar y rescatar el ansia de saber, de crecer, de participar y de proponer, que debería caracterizar a nuestras universidades, borrando de la escena académica el infame interés economicista y la rigidez de pensamiento neoliberal que hoy las distingue, ya que huelen a recetarios de cocina los planes de estudios que cada plantel ofrece a sus potenciales alumnos, cual si la oferta de formación profesional pudiera igualarse al ofertón de pescado frito que algunas mujeres cocinan y venden a orillas de las calles cercanas al río Mapocho en la Plaza Artesanos.
Pero, cada año tiene su propio calendario y no podemos retroceder la rueda de la Historia, tanto como tampoco deberíamos intentar clavarla en un tiempo conveniente a nuestros intereses particulares. Pero sí al interés general.

¿No se puede realizar otra gran Reforma Universitaria? ¿Quién puede asegurar que ello es imposible?