MEMORIAS DE MEDIO SIGLO: “ARIGÓ, EL BRUJO QUE ME ADVIRTIÓ EL GOLPE DE ESTADO”
Corría el año 1969 y yo vivía temporalmente en esa megalópolis brasileña que es Sao Paulo. Estaba cursando un post-grado en Los datos oficiales que manejan organizaciones como la ONU y la OEA señalan a Brasil como una nación eminentemente católica. Ello es cierto, pero no tanto. En el país del ‘futebol e o samba’ coexisten diversas manifestaciones espirituales, algunas de ellas provenientes de la raigambre del viejo tronco africano que sirvió de mercado humano a portugueses y europeos en la dura época del detestable tráfico de esclavos. Aún hoy -y quizá con más fuerza que ayer- la Iglesia Espírita cuenta con tantos fieles como el propio Vaticano en la costa atlántica de ese gigantón país. Estos ‘espíritas’ poseen una particular visión sobre el mundo de los hombres y de las cosas. A quien se interese en el tema, recomiendo ver la magnífica película “Doña Flor y sus dos maridos” (basada en la obra de Jorge Amado), pues en ella encontrará una fiel representación de la fe espírita que poseen los habitantes de la folclórica ciudad de Bahía (dicho sea de paso, uno de los primeros asentamientos portugueses en el continente americano). Recuerdo que todo se inició un domingo en la tarde, luego de haber asistido al viejo Estadio Pacaembú para presenciar el partido de fútbol protagonizado por Palmeiras y Corinthians, al que concurrí junto a mis amigos paulistas del barrio de Brooklyn y avenida Santo Amaro para aplaudir a nuestro amigo Roberto Rivelino, que al año siguiente, en el Mundial de México, alcanzaría la fama internacional en esa selección brasileña cuya delantera estaba conformada por Jair, Gerson, Tostao, Pelé y…Rivelino. El Director Técnico era Zagallo. Anochecía en la Avenida Ipiranga mientras comíamos en una “launchonette” (fuente de soda) un ‘baurú’ (hot-dog) y nos preguntábamos qué más podríamos hacer en aquel aburrido día. Finalmente, Tonico –estudiante de Comercio- propuso que fuésemos a visitar al entonces famoso espírita llamado Arigó, quien vivía a considerable distancia del centro de la ciudad en un barrio obrero rodeado de favelas. Ninguno de mis amigos había conocido personalmente al esotérico espírita, y por ello deseaban movilizarse hasta los morros (cerros) paulistas. Me pareció imprudente concurrir a ese lugar cuando ya era de noche, y también supuse que nadie nos recibiría en la casa del ‘brujo’. Obviamente, me equivoqué…pues aún no conocía a fondo la mentalidad brasileña. Al arribar al barrio donde Arigó tenía su domicilio –que usaba también como lugar de trabajo- encontramos una larga fila de automóviles y gente esperando ser atendidos por el afamado mentalista. Para acortar el cuento, nos armamos de paciencia y entre cigarrillos y bromas se nos vino la madrugada. A las seis y media de la mañana nos correspondió por fin el turno de atención. La casa era baja, de ladrillos sin estucar, con un techo orlado por tejuelas rojas. Todo era modesto en su interior algo recargado por la enorme cantidad de imágenes, velas, incienso y cortinajes de dudoso gusto y cuestionable calidad. Tres mastodontes con caras de humanos se encargaban de la ‘producción’. Pasamos a la sala de estar (en Chile le llamamos ‘living’) y tomamos asiento en sillones tan viejos como Era un hombre de mediana edad (quizá cuarenta y cinco años, quizá cincuenta), de estatura mediana y complexión fuerte, moreno con cabello ensortijado y una mirada profunda que llamaba la atención. Poseía movimientos lentos, naturales, voz profunda y ronca, de hablar muy pausado, como si el cansancio fuese parte de su continente. Vestía una camisa blanca de manga corta, pantalones oscuros y viejos, y un par de sandalias cubrían sus pies. Alrededor de su cuello, colgando de una delgada correa de cuero, pendía lo que me pareció era algo así como una cruz hecha con hueso de animal en un hermoso trabajo de artesanía. Nos saludó de manera afable agradeciéndonos el aporte económico que realizamos a su iglesia. Conversó con mis cuatro amigos en un portugués rápido y arrastrado, lleno de modismos que reconocí bahianos. De pronto, en forma casi extemporánea, dirigió su mirada hacia mí y sin dudar un instante, preguntó: “vocè é chileno, ¿nao?” Casi me dio un soponcio. ¿Cómo diablos podía saberlo si yo ni siquiera había abierto la bocota? Arigó se levantó de su sillón y se acercó hasta donde yo me encontraba. Me pidió que pusiese mi mano derecha sobre una bandeja que estaba repleta de piedrecillas de colores y lo mirase fijamente, sin pestañear, durante algunos segundos. No tengo conciencia de cuánto tiempo estuve silente, mirándole a los ojos, pero recuerdo con absoluta claridad que descubrí un par de lágrimas deslizándose por sus mejillas. Entonces, con expresión seria, habló: “Arrastras en tu alma el espíritu de tu país. Veo dolores enormes en tu tierra. Pronto, muy pronto. Surgen y se presentan elementos de muerte…hay gran sufrimiento en tu gente chilena. En pocos días más se iniciará el camino de horror que estragará a tu nación. La ruta dolorosa será larga pero terminará. Cobíjate en tu propia estructura anímica. No confíes en nadie. Amigos, parientes y conocidos se enfrentarán cara a cara para poder subsistir los unos y poder imponerse los otros.” Incrédulo, como siempre he sido, pregunté si se estaba refiriendo a un gran desastre natural (pensé en los consabidos terremotos) o a una guerra con algún país vecino. La respuesta me dejó alelado. “Sólo observo sangre chilena fluyendo por los ríos de tu alma. No observo furias naturales, observo furias internas de tu patria”. Obviamente, en ese momento creí que Arigó estaba actuando, ejerciendo una falsa capacidad anticipatoria a objeto de dejarnos convencidos de estar frente a alguien que poseía un don muy especial. ¿Cómo creerle? Después de todo, Chile era gobernado en esa época por Eduardo Frei Montalva y por la democracia cristiana. Era un país en calma, con un sistema democrático que resultaba ser ejemplo en toda Latinoamérica. Abandoné la casa de Arigó completamente decepcionado, asegurando a mis acompañantes que habíamos estado en un verdadero circo pobre. Mis amigos pensaban distinto, pues me recordaron siempre las palabras del espírita y su consejo último: “en cuanto a tu propia vida, el futuro lo escribes tú mismo; ya sabes lo que se viene sobre tu patria; estás avisado para construir tu futuro; hazlo bien y no te confíes”. Las dudas e incredulidades respecto de la potencialidad de Arigó, desaparecieron ocho semanas más tarde, cuando en la televisión brasileña mostraron las imágenes captadas en Santiago, ciudad en la que un general de apellidos Viaux Marambio se había atrincherado en el Regimiento Tacna amenazando al gobierno de Frei y a la democracia misma. Entonces entendí que Arigó no habló por boca de ganso. También comprendí que el ‘tacnazo’ era sólo el primer paso de aquel camino doloroso que el ‘brujo’ me había anticipado. Nunca más visité al espírita. Muchos años después supe que había fallecido, pero en ese momento los chilenos luchábamos contra la dictadura del tirano. Habían transcurrido ya largos años de persecuciones, torturas, asesinatos y terror.
Por Artalex

pablo neruda dijo
querido señor arturo muñoz , usted me hace sentirle cariño y respeto , sabia yo que usted es muy esceptico , y esta historia no lo hace cambiar de opinion , aun asi usted insiste en no creer en las fuerzas espirituales y en las energias psiquicas ....con afecto un lector incondicional ...
10 Febrero 2008 | 05:13 PM